El estadio atraía rías de gente como un volcán en reversa.
El camarógrafo llevaba el trípode amarrado a su espalda, en forma de cruz, dejando dos alerones difíciles de manejar entre la multitud.
Cargaba un peso extra en sus brazos., un gran bolso con cables y luces, que servía como molestia adicional y contrapeso.
Un cardumen de chicos de la calle pasó por uno de sus costados -hecho que no hubiera registrado si no fuera por el accidente que desencadenó-
Uno de los pibes iba distraído y dió la punta del trípode en su frente.
El camarógrafo sintió la vibración transmitirse hasta sus espaldas. Creyó haber visto la escena con el rabillo del ojo; pero probablemente la reconstruyó con suposiciones posteriores, y la instaló como memoria objetiva y oficial.
El hombre del trípode siguió avanzando unos cuantos metros, sin cambiar su rumbo primitivo, al igual que el chico y la horda que lo acompañaba.
Y como es común en los niños, mientras se iba tocando la frente, pensaba que le dolía mucho y se puso a llorar.
El camarógrafo disminuyó su andar y se volteó varias veces.
Pensó que era culpable,pensó en la ley, tuvo miedo; recorrió a una terrible velocidad todas las consecuencias que podrían perjudicarle.
Los niños se detuvieron y uno de ellos consolaba al golpeado. Entonces el mayor del grupo,aprovechando una de las volteadas del culpable, le gritó:
-Eh señor! ¡Le pegó!.
El hombre detuvo su autopista mental, bajo su carga, y se dirigió hacia los chicos.
Capturó de inmediato sus expresiones. Resentimiento hacia el mundo, del cual el se sentía en ese momento cabal representante.
Le tocó la frente al niño. Tenía en la cara una desconsolada pátina de tierra y lágrimas.
Le dijo: -¡ No tenés nada che! ¡Me llevaste por delante! -cosa que nunca podrá afirmar con seguridad-
Entonces el mayor de los niños cambió su expresión resentida, por una mueca seria e inestable.
Sabía que si mantenía la situación iban a sacar algún provecho.
Le dijo al golpeado, en forma severa y paternal:
Y en un estupendo cambio de tono, mirando al camarógrafo, le soltó un lastimoso:
- Pero le duele.... vió....-
-¡No es nada! ¡No tenés nada!... ¿Querés una Coca?
El niño moqueó para adentro, y con brillitos en sus ojos , dijo un sí parecido a un cielo de tormenta que se va abriendo.
Tomó el dinero.
Todo el resto de ese día quedó pensando el camarógrafo sobre la suerte del niño.
Probablemente fuese un villero, o ni siquiera tuviese un rancho estable y pararía por donde el cansancio lo alcanzara.
A la segunda noche, en el angosto pasillo oscuro que va desde apagar el velador hasta el sueño, se le cruzó la idea de un llamado telefónico que lo sorprendiera, avisándole un terrible desenlace para el chico. Sintió necesidad de rezar. No había a quien invocar.
Repasó los símbolos de su vida. Ninguno cobraba vida.
Entonces pensó en el sol y después se durmió.
Nunca más volvió a ver al niño. Y si lo hizo no lo supo, pues a los pocos días olvidó su cara. Y a los pocos años olvidó el suceso.

4 comentarios:
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absurdo diria................
buen cuento
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