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Donde crece el dolor, crece el remedio...

viernes, mayo 05, 2006

El Playón


Cada mañana era igual. Pero sin el tedio y la seguridad que da la rutina. Cada mañana era igual: la rutina del riesgo. Cada mañana el mismo margen de probabilidad de cometer un error y ser castigado.
Era entre mayo y junio. A las siete de la mañana formábamos en el playón, media hora antes que la Plana Mayor.

Recuerdo la tensión de los preparativos: lustrar los borceguíes, afeitarse, todo hacerlo en masa, al unísono casi; el que perdía el compás era castigado.
De superar este primer trance, venía el más dificil...El Playón.

Las columnas de soldados avanzaban agrupadas según altura y contextura física. Yo pertenecía a la tercera, había una cuarta donde directamente agrupaban a los que no llegaban al metro sesenta.
Nos ubicábamos en el playón a esperar, mientras "bailabamos" : nos dictaban ejercicios dolorosos para calentar el cuerpo y mantenernos domesticados.
Recuerdo las caras quemadas por el sol y el frío, llenas de barritos y archipiélagos colorados . Estábamos limpios, pero mal lavados, el tiempo en las duchas era reglamentario: lavarse una oreja, lavarse la otra...y asi sucesivamente. Nadie, creo, pensaba en lavarse bien, sino en no perder el compás de las órdenes.
A ésta altura de la jornada había una interesante lista de soldados sancionados, a la espera de sentecias. Y todos temíamos ser el próximo. Y ese temor era el que nos mantenía sometidos.

En esa época trataba de objetivar mis vivencias, de ir más allá; pensaba en que todo era un ritual, con el mismo valor relativo, arbitrario, tribal; ahora admito que era intenso mi sentir y breve mi comprensión. Lo sufría demasiado, cada minuto tenía para mi un peso plúmbico.

Llega entonces el momento en que aparece la Plana Mayor.
Se dan las órdenes: firme, vista derecha, vista izquierda y todo ese boludeo, que no tengo ganas de decodificar en mi memoria.
Aparece el soplido de los altoparlantes, casi se podría imaginar al "nabo" que ejecutaba los movimientos: prende el amplificador, (ruido de masa), levanta la pua del tocadiscos, cae el pick up ... crash, crash...gira el disco...comienza la canción: Aurora.
"Alta en el cielo, un águila guerrera, audaz se eleva, en vuelo triunfal...".
Un soldado y un suboficial frente a nosotros se encargan de subir la bandera, mientras nosotros cantamos sobre la grabación.

Pero un día aparece un gato y se pasea tranquilo entre el mástil y nosotros, nos ignora. Yo me regocijo; me libera pensar que hay otra vida diferente, que la realidad es de infinitas capas, y éste maldito Ejército es sólo una delgada epidermis en la que estoy atrapado.
De repente aparece otro gato y enfrenta al que se paseaba delante nuestro. Erizaron los lomos, se amenazaban de una manera terrible, mientras el disco y el canto seguían. "Es la bandera de la patria mía, del sol nacida que me ha dado Dios..."
Empiezan a sonar risitas de distintos lugares. A mí no me causa gracia. El chiste tiene que ver con el miedo. Yo gozo con que exista algo allá afuera.

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