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Donde crece el dolor, crece el remedio...

lunes, abril 24, 2006

Santuario

Una mañana de verano lo descubrí, a pocas cuadras de la estación de Flores.
Iba cruzando las vías y a un costado, emergiendo sobre un pastizal salvaje y mugriento, una cruz improvisada con dos maderas de cajón unidas con un clavo.
A los pocos días habían cortado el pasto alrededor y colgado en la cruz un rosario maltrecho.
Después apareció un cerco de piedras pintadas de blanco y un banco hecho con cajones y tablas.
Fue un sábado a la tarde la primera vez que vi a los muchachos. Los conocía del barrio. Estaban en los veinte largos, niños en los 90, marginales ahora.
Sucios, vestidos con ropa deportiva de marca lider, pero falsificada y además arruinada.
Las caras brillosas por el sudor del alcohol. Estaban sentados en el banco pasándose una cerveza de litro.
Silenciosos.
Parecían filósofos viendo pasar el tren del sinsentido. Como griegos en el jardín, pero estropeados.
Conjeturo. Un amigo habría muerto atropellado por el tren o por alguna consecuencia de la marginalidad. O algún perro querido. Y masticaban la pena.
No me animé a mirar más, si me hubiera detenido , alguno de ellos se hubiera percatado y me hubieran agredido.
Con los días el homenaje siguió creciendo. Apareció un arbolito. Después un cerco. Alguien mantenía el pasto corto.
Una tarde me detuve junto al santuario, pasó el tren y a través de sus ventanillas se filtró el sol, haciendo que figuras geométricas de luz y sombra corrieran veloces sobre la cruz y las piedras.

Han pasado casi dos años desde aquella vez. El banco del santuario ya no está. Hace largos meses que no encuentro a ningún muchacho meditando ahí.
Solo queda la cruz. El pasto sigue corto y limpio pero gracias al servicio municipal que ahora mantiene todo el terraplén.

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